• El notorio influjo

    “Bajo el notorio influjo de Chesterton” arranca Borges a contar el argumento de “Tema del traidor y del héroe”. Hace poco, los preparativos de una encuesta nos llevaron a releer este y otros comienzos de cuentos de Borges. Habíamos leído “Tema del traidor y del héroe” varias veces a lo largo de los años; su brevedad lo promueve. Siempre entendimos la mención inicial de Chesterton, de quien aprovecha para agregar que es un ”discurridor y exornador de elegantes misterios”, como una referencia general, como una manera algo caprichosa de difundir un gusto personal.

    Unos meses antes de la encuesta, leímos juntos los relatos del Padre Brown, en una deriva de lectura por la que también habían pasado Stevenson y H. G. Wells. Los cuentos de Chesterton nos gustaron, pero, como con otros autores que Borges admira, siempre queda la idea de que pone en ellos más de lo que en ellos hay. La lectura de los cinco libros del Padre Brown se asentó y pasamos a las novelas de Chandler.

    Pero durante la preparación de la encuesta volvimos a leer: “Bajo el notorio influjo de Chesterton”, y la frase no pasó de largo. Después de más de 25 años, entendimos de golpe la referencia. Se trataba de “El signo de la espada rota”, un cuento peculiar en la serie del Padre Brown porque no es la resolución de un asesinato contemporáneo, sino de un misterio de la historia inglesa.

    En “El signo de la espada rota”, Sir Arthur St. Clare fue un general inglés que la Historia considera un héroe, pero el Padre Brown descubre décadas más tarde que fue un traidor y que su batalla final fue un montaje. En “Tema del traidor y del héroe”, Fergus Kilpatrick fue un revolucionario irlandés que la Historia considera un héroe, pero su bisnieto Ryan descubre un siglo más tarde que fue un traidor y que sus días finales fueron un montaje.

    En el relato de Chesterton, el General St. Clare arma la escena de una batalla suicida en la que él es el único que actúa con conocimiento de causa. Había matado a un hombre de los suyos y necesitaba que el terreno quedara sembrado de cuerpos ingleses para ocultar las pruebas y eludir el castigo. “¿Dónde esconde un hombre inteligente un grano de arena? En el desierto. ¿Y un cadáver?”, razona el Padre Brown. Los soldados de su regimiento lo descubren (demasiado tarde, después de perder a muchos compañeros) y se unen a la representación: lo ejecutan de manera sangrienta y hacen pasar la escena como producto de la furia sanguinaria del enemigo.

    Borges nos ahorra los detalles de la traición de Kilpatrick. Se enfoca, en cambio, en la redentoria representación de su condena a muerte, que el propio Kilpatrick firma, pidiendo “que su castigo no perjudicara a la patria”. Bajo el notorio influjo de Shakespeare, Nolan, su compañero y juez, concibe el guión de un atentado. Para mayor dramatismo, la representación dura días e involucra a miles de actores. Kilpatrick se presta con entusiasmo al proyecto, improvisando incluso diálogos y escenas que no estaban en el guión original. 

    St. Clare es un traidor disfrazado de héroe; Kilpatrick es un traidor y es un héroe. Muchos mueren por culpa de St. Clare; Kilpatrick es el único a quien va dirigido “un balazo anhelado”. La ficción de los soldados británicos salva la gloria del imperio; la ficción de Nolan salva la moral de la revolución. El Padre Brown no revela la verdad al público porque la verdad, después de tanto tiempo, no ayudaría a nadie; Ryan no revela la verdad porque, un siglo después, se considera un actor más de la representación colectiva.

    Hay otra diferencia. La ficción de Chesterton opera bajo un pacto realista: la larga y complicada historia del ocultamiento de un asesinato en un campo de batalla, por más alocada que sea, es verosímil. El Padre Brown, que resuelve crímenes mediante el puro razonamiento, se esfuerza por una búsqueda de esa verosimilitud. La ficción de Borges es fantástica: envuelve a Ryan en la trama ideada por Nolan cien años antes, que a su vez es una repetición de Shakespeare y quizás una prefiguración de otro episodio histórico, la muerte de Lincoln. No importa la serie de causas, importa la idea de que la historia y la ficción no se pueden distinguir, que se confunden a lo largo de los repetidos destinos humanos: “All men are dancers”.

  • Repantiga en el suelo ese corpachón y cuenta diecinueve escalones.